Mar de Ajó con gusto a waffles
El viaje con destino a la ciudad costera comenzó su
camino en Rosario a las 4 am del 10 de febrero de 2017. Las vacaciones serían
sólo para dos, Luciano P y quien les relata. La neblina cubría la autovía y
dificultaba la visibilidad del conductor del coche y de su copiloto, así que se
redujo la velocidad para evitar cualquier inconveniente que ocasionara un
accidente; entre anécdotas de viajes pasados y música llegó la mañana y el sol
abrazó por completo el interior del auto, más conocido como “la naranja
mecánica”, esto ameritó que los ocupantes sacaran sus lentes para el sol. El
reloj marcó las 8 y el mate se hizo presente, la ruta 41, ya no parecía tan
monótona y aburrida; los problemas llegaron cerca del mediodía cuando Luciano,
el chófer sintió hambre y le pidió a su acompañante que le hiciera un sándwich
de milanesa, que su madre había preparado para tuviera algo para comer durante
el trayecto, amablemente su novia concedió su deseo buscando lo que necesitaba
para el armado de éste; pan había, mayonesa había, milanesa no había, se volvió
a buscar y las milanesas no aparecían, se revisó cada recoveco de bolsos y
bolsillos y el producto vacuno no estaba; conclusión, se las había olvidado.
Quién tenía la culpa de ese olvido?, según Lucho la culpable era su novia porque
ella no le mandó un mensaje recordándole que las lleve, increíble pero real.
Por suerte la única pasajera se encargó de llevar alfajores, que conformaron y
distrajeron al hambriento muchacho.
La desilusión levantó su mano cuando el cielo se puso
gris, y se encapotó totalmente, se suponía que las vacaciones serían de pleno
sol y calor, pero a estos vacacionistas el clima les tenía una bienvenida llena
de sorpresas.
Dolores, por fin; cuna de las parrillas, el chori y las
bondiolas, además era señal de que al viaje no le quedaba más que sólo un par
de horas. El auto se detuvo en una humilde parrilla que tenía todo tipo de
manjares al fuego, nos decidimos por un sándwich de bondiola asada con dos
gaseosas. Esperamos unos minutos y de pronto llegaron a la mesa, era
indescriptible la alegría que sentimos al degustar la comida, se la podía
clasificar como la octava maravilla del mundo. Luego de media hora de
sobremesa, seguimos camino al mar. El sueño o la fiaca se sentían, pero las
ganas de llegar eran más fuertes, luego de dos horas estábamos a 30 kilómetros
del destino tan añorado. Al parecer hubo un accidente entre dos autos, que
hicieron que el último tramo sea a paso de hombre, no sabíamos si llorar o reír,
optamos por reír ya que nada ni nadie nos iba a opacar nuestras vacaciones.
A las 16 horas llegamos a Mar de Ajó, entramos a la casa de
veraneo, abrimos las ventanas para ventilar el ambiente, y bajamos el equipaje
del auto, estábamos realmente cansados por el viaje, pero había que poner en
funcionamiento el hogar, ya que nos esperaban 10 días de estadía allí. Luego de
la limpieza, nos fuimos de compras, para nuestra mala suerte al regreso de los
mandados comenzó a llover y nos empapamos, llegamos a la casa muertos de frío y
de hambre. Ducha, cena y a la cama, el día siguiente sería muy largo, porque si
el tiempo acompañaba tendríamos jornada de playa completa y salida nocturna.
Nos levantamos con una mañana de lluvia, horrible.
Pensábamos que iba a mejorar, así que a mal tiempo buena cara y música. El
clima no mejoró para nada, pero decidimos salir igual, llegamos al centro de
San Bernardo y entramos a una cafetería que según comentarios era la que tenía
el mejor café y los mejores waffles, nos trajeron la carta y escogimos los
waffles más exóticos. Fascinantes, riquisímos, espectaculares, no nos podíamos
mover de los llenos que estábamos. Salimos y la lluvia aún nos asechaba,
nuevamente nos mojamos enteros. Volvimos a Mar de Ajó y jugamos a las cartas
durante un largo rato, diestros en la cocina comenzamos a preparar la cena, y
el postre. Otra vez el exceso de comida nos impedía el movimiento. Seguía
lloviendo y eso produce sueño. Nos acostamos ilusionados de que la mañana
siguiente sería de sol.
Pero No, los próximos 5 días fueron de lluvia
ininterrumpida, frio, café con leche, waffles y cartas. Las caras ya reflejaban
un tinte de mala onda, por las noche salíamos con buen ánimo porque estaba nublado, pero no llovía, el
regreso se burlaba de nosotros, ya que como todas las noches anteriores, nos
mojamos hasta los dientes.
El día seis, nos despertó con un sol que rajaba la tierra
y calentaba la arena de las playas costeras, preparamos el mate y salimos
rápidamente y felices hacia la playa, el mar nos estaba esperando y el sol
quería broncearnos, luego de dos horas de pleno sol, se nubló y volvió a
llover, triste volvimos a casa totalmente mojados, el resto de la tarde
anunciaba café y waffles.
El tiempo se apiadó de nosotros y los últimos tres días
nos regaló un clima perfecto, de calor y de un brillante sol. De todos modos no
perdimos la costumbre del café y los waffles.
El último día aprovechamos el sol casi por 5 horas,
teníamos que llevar un color parejo de vacaciones a city y a la rutina. A la
tardecita salimos a comprar algunos presentes y recuerdos, y como despedida,
entramos a la cafetería a la que ya éramos habitué y nos llevamos puesto dos
cafés con leche y dos waffles.
A la una de la mañana del 20 de febrero emprendimos la
vuelta a Rosario con nuevos recuerdos, piel bronceada, pasados por agua y con
cara de Waffles.



